miércoles, 26 de agosto de 2015

Apocalipsis

Hubo un momento en el que llegué a pensar que todo el mundo estaba en mi contra, quizás fue el peor momento de aquella desagradable situación en la que nos habíamos visto envueltos. Yo no sabía qué decir y ya apenas podía sostenerle la mirada a nadie. La disputa se había mantenido demasiado. Mis manos estaban entumecidas por el frío, mis párpados caídos, mi mirada fija en el pavimento helado y un silencio espectral nos inundaba. 

Sabía que habían pasado largos minutos de espera hasta que al final todos nos reencontramos pero nadie hubiera querido aquella situación, era lo peor que podía pasarnos en ese momento. ¿Qué hacemos ahora?. Esa pregunta buscaba respuestas en todos los cajones de mi memoria, destruyendo uno a uno el orden de todos sus archivos, trayendo el caos. 

Yo jamás había pedido liderar aquel grupo, ni siquiera era capaz de salvarme a mi misma, ¿cómo iba a poder salvarles a ellos? ¡No quería pensarlo! Ya no teníamos más salidas, era demasiado tarde...

Pero ¿cuántos eramos? Ochenta y siete, ochenta y ocho según los últimos recuentos. Eramos muchos aquí y a la vez tan pocos... Adultos, niños, jóvenes sin futuro. ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Cómo saldremos de esta?

¡No lo sé! - Grité, aterrorizada.

Es cierto que no lo sabía, no tenía ni la menor idea de cómo continuar. Levanté la mirada, ensombrecida por mis miedos y todos me observaban boquiabiertos. Una lágrima recorría mi rostro moribunda. Quizás sólo habían pasado unos segundos desde que se había hecho el silencio, aunque yo pensaba que había pasado bastante más. Los adultos me observaban enloquecidos, los niños dudosos de mi expresión pero todos me miraban a los ojos.

Distinguí miedo, melancolía, tristeza, atisbos de esperanza... distinguí sobre todo escalofríos que recorrían el cuerpo de los más pequeños, con esos cuerpecitos blanquecinos encogidos buscando calor en lo más profundo de su cuerpo. Me miraban desde abajo, como si cientos de pisos nos separasen, como si hubiese un gran desnivel entre nosotros. Todos eran iguales. Blancos. Casi inertes. Impasivos.

Todos ibamos a morir, pero sin duda, ellos serían los primeros en caer.

Pero entre todos, unos ojos verdes destellearon, una sonrisa afoloró y sus mejillas empezaron a tornarse rosadas. Algunos mechones de pelo rojo asomaban por su capa, contrastando frente al blanco impoluto que la abrigaba. Siempre me había tenido cautivada. Era hermosa e incluso en su rostro aún había hueco para algunas imperfectas manchas de piel que la hacían aún más bella.

Dió unos pasos hacia delante. Parecía un fantasma. Nadie pareció inmutarse. La gente seguía impactada.

A escasos centímetros de mi, aún manteniendome la mirada, susurró una palabra mientras el vaho de su boca se esparcía por el universo. Y todos volvieron a ser conscientes de la realidad mientras una pequeña y efímera ola de calor les abrazaba.

- Esperanza.